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Hablemos de vino

Porque no hay que ser una autoridad ni en blancos ni en tintos para disfrutar de una buena copa. Al brindis le da lo mismo saber o no saber; disfrutar es, a fin de cuentas, lo importante

Fotografía: Claudia Polo

(primera copa)

Hablemos de vino. Aunque más bien, dada mi condición de bebedora sin conocimiento —o con uno escaso que aun mantengo de mis clases en la facultad y de las chapas de mis amigas que sí saben de vino—, hablaremos de lo que es beber vino sin saber de vino, algo que pocos se atreven a hacer. Y no porque sea yo una transgresora que aspira a desbancar a las eminencias de dicho líquido. Nada de eso. Sino que es una empatía sincera la que me conmueve, hacia todos aquellos inocentes que se esconden tras la carta cuando toca elegir la bebida. Esos a los que les tiembla la voz al responderle al camarero “si, si, un chardonnay es perfecto” y lo que querían era un tinto, los pobres. 

Vaya país se nos ha quedado… Por esta tierra ibérica han corrido mares de mosto fermentado, saliendo a borbotones de las bodegas de todas las casas y ahora, nos amedrenta la posibilidad de que alguien formule la pregunta: “¿qué vino bebes?”. Igual el truco estaba en mezclarlo con gaseosa. 

(segunda copa)

Tengo la suerte de no compartir ámbito profesional con mi círculo más cercano, lo que me confiere la capacidad de observar el comer y beber de aquellos ajenos a ese mundo “gastro” en el que vivimos algunos. Para mis compañeros de oficio: os prometo que el resto de los mortales se va a dormir tranquilo sin saber para qué sirve la alta cocina. Así que mientras nosotros debatimos si nuestra profesión es un arte o planteamos la metafísica de la gastronomía, la juventud no bebe vino. 

Comentando el otro día esta cuestión entre mi grupo de amigas tomando, ejem, una cerveza, los motivos me sorprenden algo vagos. Mientras que el precio es la principal preocupación de algunas, otras lo encuentran demasiado elegante, reservado para ocasiones más especiales. También se plantea su formato, más incómodo, y su capacidad para refrescar, algo que termina de vencer la balanza para la ganadora del pulso de las bebidas populares. Pero, ¿acaso no es un albariño un trago ligero, fresco y estimulante? ¿O el precio de una botella de unos dieciocho euros, igual de asequible si se reparte entre cuatro colegas?

Va calentándose mi garganta y las ideas, aunque menos ligeras que al principio, parecen condensarse para presentarse sólidas y firmes frente a la pantalla de mi ordenador. No puede ser el dinero un motivo de gran peso, dada la facilidad con la que nos lo gastamos en un vaso de tubo con tres hielos. Tampoco la tan nombrada comodidad. Recuerdo a la chavalería francesa en un viaje por el país vecino, bebiendo vino a orillas del río, vaso chato de plástico en mano. ¿Dónde han quedado esas bodegas caseras, el pan mojado en vino tinto que servía de chupete, las botellas sin etiquetar?. ¿Cómo puede ser que el legado de esas barricas haya acabado reducido a mesas de ticket medio alto?    

(tercera copa)

¡La culpa será de los sumilleres! ¿No son ellos la peor pesadilla de una parejita de enamorados que sale a cenar por primera vez? ¡De algún sitio ha tenido que venir ese pánico a hablar de vino! Y si nadie se declara responsable, habrá que echarle la culpa a los sumilleres, que fueron ellos los que tomaron la tarea de recopilar y trasmitir al cliente todo el conocimiento vinícola y decidieron hacerlo en corbata. Que no me lea mi querida Rocío y si lo hace, que entrevea mi humor pizpireto entre estas líneas. Lo que quiero decir, si mis dedos siguen haciéndome caso, es que el que no bebe vino no lo hace por falta de conocimiento. El que no bebe vino lo hace por falta de pertenencia. 

Hablaré de vino todo lo que quiera y más. ¿O no es el mismo el que otorga lengua suelta y desinhibición verbal? Que lo hagan los que saben y beben mucho, los que no saben y beben más, aquellos que beben para fardar de bolsillo, los abstemios, los curas que lo beben bendito, los que beben solos y los que lo hacen acompañados. ¡Qué beban y hablen y dejen beber! 

(cuarta copa)

Aquel que bebe sin pudor, con ingenuidad pero sin que le falte curiosidad, señalando lo que le gusta —porque sabe rico—y lo que no —porque sabe malo—, será el mantenga bodegas en pie. Aquí hace falta que entren en juego el que bebe y el que da de beber. “Rioja o Ribera” dirá el camarero. “Disculpe, ¿cuál es la diferencia?”. Y entonces todos beberemos y hablaremos de vino y brindaremos por el disfrute con la mejor copa de nuestras vidas. 

Y yo lo diré sin vergüenza alguna, más que nada porque ya no me queda ni una miga de esta. El mejor vino que bebí iba servido en litrona y mezclado con Fanta de limón y fue su veneno el que envalentonó mis piernas a andar, mis brazos a rodear y mis adolescentes labios a besar. 

El mejor vino sabe primer beso y tinto de verano. 

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