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Del esfuerzo a fuego lento al éxito en olla express

Los realities de cocina invierten las lógicas según las cuales alguien consigue legitimidad y prestigio en la gastronomía. Primero lo primero: fama. Después, la realidad del oficio, como quien comienza a edificar su casa por el tejado

Fotogradía: Magda Bargero

El 11 de febrero de 1963 se emitía el primer episodio oficial de The French Chef. En una cocina doméstica, aparecía una joven Julia Child con una camisa estilo taller americano, algo desabotonada, impregnando el ambiente con cierto aire informal. Su ceñido delantal de cinutra negro le servía para colgar un trapo blanco algo descuidado que, lejos de pretender lucir perfecto, irradiaba normalidad. Julia enseñaba al mundo cómo preparar un Boeuf Bourguignon para seis comensales. Si bien es cierto que no fue el primer programa de cocina televisado (que sepamos, fue I Love to Eat emitido en 1947 a través de la cadena estadounidense NBC) bien podríamos decir que fue el prólogo de los tan aclamados realities de cocina actuales. The French Chef se emitió hasta 1973. Diecisiete años más tarde, y a todo color, saldría del horno la primera edición de Masterchef en Gran Bretaña, donde el formato y la temática cambiaban completamente.  La cocina comenzaba a colarse en rincones antes intransitados empujados por el boom del reality televisivo. Probablemente, los medios se dieron cuenta de que el recetario galo perdía atractivo o que ya no era interesante la especialización para un público que comenzaba a doparse de los impulsos cortoplacistas de internet.  La palabra  cocina se fundía en el puchero mientras que la competición relucía en el plató. La cocina dejaba de ser un fin para convertirse en el medio. 

No sorprende que en la misma década se comenzase a fraguar la imagen del Chef Estrella. Me vienen a la cabeza las fotografías en analógico de Marco Pierre White con el pelo suelto fumando lo que me imagino que sería un Lucky Strike; o aquélla otra que le tomaron en su restaurante Harveys, en la que salía emplatando algo delante de dos chicas, dejando sus ojos cerrados pero los labios abiertos a la posibilidad de un beso. 

Las recetas, la comida, ya no eran las protagonistas sino quien las ejecutaba, el chef. Además, si esta persona se quitaba el delantal y se ponía unas gafas de sol a lo Axl Rose y enseñaba los dientes, mejor: dejaros de sartenes y enfocadme la cara. Me imagino a una Julia Child algo desorientada, con un pollo de bresse en la mano, pero sin comensales con quienes compartirlo. Vamos Julia, ¿a quién le va a importar el  punto de vino de la salsa si puedo ver a Maldonado en pantalla sufriendo  por hacer un Cupcake liofilizado con una salsa de vainilla o vanidad?

Desmontando este tema como si fuera una cebolla, por capas, llego a una pregunta: y si… ¿y si detrás de todo esto se asoma también una paradoja del tamaño que supondría que a los cocineros les hubiera dejado de gustar cocinar?

¿Y si salir en televisión fuera más apetecible o desafiante que conquistar el paladar cotidiano donde los méritos se cuecen con el cuchillo en la mano? A ratos, y viendo todo esto desde afuera, me quedo con la sensación de que, frente al sexo droga y rock n´ roll (o tiktok, Madrid Fusión and 50Bests) el Perejil, aceite y ajo n’roll ha perdido su atractivo. Sin duda, un fenómeno curioso el de los realities, donde en pocos meses un amateur consigue salir a la calle transformado en un “auténtico Bocuse”. Y esto puede llevar a confusión; se deja de valorar la artesanía o la perfección que solo se alcanza por repetición y  con mucha, muchísima dedicación y esfuerzo (y sus tantas quemaduras de por medio), para concentrar aplausos en algo tan efímero como la espectacularidad mediática. Y así, me dá la impresión de que muchos acaban subidos al carro de la gastronomía como quien se compraba una guitarra en los sesenta soñando con llenarse la boca de LSD a lo Jimmy Hendrix. Lo importante ya no es la gastronomía en sí misma, sino lo que conlleva. 

¿Hacia dónde conducen todas estas tendencias?, me pregunto. Pues no tengo ni idea, me respondo. Creo que hacia una visión del éxito muy abstracta. El problema no es que exista una minoría que crea en esto, sino que grandes instituciones educativas y gubernamentales parecieran apoyar la metamorfosis. Sin ir más lejos, me resulta paradójico que una institución educativa como el Basque Culinary Center se proponga como premio para los ganadores de MasterChef, sector del reality que en mi opinión rehuye del talante y la perseverancia que exige una enseñanza universitaria.  Es decir, que la academia, la Universitas; un espacio en el que se debe promover el pensamiento crítico y la educación a largo plazo se rinde ante el magister-chef que en tan solo en unos meses ha logrado tras la competición un status-quo de artesano. ¿No sería más interesante cocinar hacia el merecimiento basado en el trabajo y no en la identidad mediática? Soy consciente de que esto es solo un enfoque, pero también nos muestra hacia dónde estamos caminando. ¿Se imaginan a la Universidad de Salamanca abriendo sus puertas de par en par a los finalistas de Pasapalabra? Esta pregunta la dejo en abierto. Tal vez, esto sea una tendencia en la  que la campana de Gauss hará de las suyas. No lo tengo tan claro. En cualquier caso, frente al Let It Be de los Beatles, yo me quedo con Satisfaction de los Stones. 

I Can’t Get No… 

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